lunes, 5 de febrero de 2007

El que poco abarca, poco aprieta

Solía decir un tal Johann Christoph Friedrich von Schiller (Va un premio para quien sepa quién es): “La diversión es como un seguro, cuanto más viejo eres más te cuesta”. Hoy día se podría decir que la diversión es cara a cualquier edad y en cualquier género. Desde los exorbitantes precios de las entradas a los cines, teatros o espectáculos hasta un simple juego de mesa pasando por todas las gamas de herramientas para la diversión, están siendo víctimas de subas siderales en sus valores monetarios.
Antes era más fácil, si eras un ciudadano romano ibas gratis al coliseo, te descostillabas de risa mientras mataban a un pobre hombre en la arena y a manos de un león hambriento y, encima de todo, el mismísimo César te regalaba pan.
Pero tampoco hay que remontarse tanto en el tiempo para encontrar la diversión económica. Cuando chico solía jugar a las cartas… no, no hablo del solitario de Windows, “las cartas” también llamados “naipes” son unos cuadrados de cartón con símbolos y números impresos que sirven para la diversión… ¿A qué viene la aclaración? A la siempre presente tecnología que nos hace olvidar los orígenes de nuestra alegría más sana.
Tenía once o doce años cuando fui uno de los primeros (sino el primero) de los argentinos en disfrutar de una Sega Genesis… ¡Qué tiempos aquellos! Cuando la Family Game y sus 8 bits nos deslumbraba yo ya tenía 16 para alardear.
Esta modernísima consola de video juegos me la hubo traído mi madre de EEUU como compensación por haber aprobado todas las materias que me había llevado a marzo en el colegio primario (matemática, lengua, ciencias elementales básicas y estudios sociales… vaya si me la merecía).
Esta negra y bella amalgama de plásticos y transistores me dio las horas más felices de mi infancia, reemplazando con sus coloridos y ruidosos juegos al pobre Príncipe de Persia y sus monótonos sonidos.
Claro estaba que con el tiempo pasaría la moda, pero nadie quita que fui la envidia de mis compañeritos (y nuevos amigos interesados más en mi capital de diversión que en mi amistad).
Un día mi papá llegó a casa con una flamante Pentium 166 Mhz… y pronto cambié mi amor por juegos más modernos y vistosos.
Siendo que no conseguía un “cartucho” Duke Nuken para mi Sega, tuve a bien conseguirlo para mi PC. Así y de a poco la legendaria y, alguna vez, centro de mi atención consola pasó a llenarse de polvo mientras descansaba de mi anterior frenético uso.
Después aparecieron las Sony Playstation 1, modernísimas consolas que superaban en gráficos y velocidad a mi pasada de moda PC, entonces… y ya bastante grandecito para esto… le pedí al barbudo de navidad una de esas. En su lugar (vaya uno a saber porqué, quizás me porté demasiado bien ese año) conseguí una flamante Pentium II con todos los accesorios imaginados para la diversión, por lo que pronto olvidé a Sony y sus esfuerzos por sacarme una cosmica cantidad de dinero por su consola.
Para cuando salió la Playstation 2 debo admitir que fue una tentación adquirirla, sobretodo porque repentinamente se había convertido en moda tener una de esas. Pero, como mi papá siempre quiso estar en la vanguardia, me deslindó la tarea de jugar con una resplandeciente Pentium 4 que, en conjunto con una conexión de banda ancha, se convirtió rápidamente en mi herramienta de distracción y también de trabajo.
Sin embargo, aunque ajeno al bum, las consolas pasaban de ser una moda a un mercado.
Hoy día todas las marcas tienen su competidora, Sony lanzó la Playstation 3, Nintendo la Wii y hasta Microsoft la XBox 360.
En esta época de nuevas diversiones, pude comprar (ya no pidiendo sino sudando) una PC de última generación, que no solo me sirve para jugar a los más modernos juegos sino también me da la posibilidad de editar mis videos caseros, ver películas, escuchar música… en fin, toda la diversión en un reducido conjunto de componentes digitales.
Como no podía ser de otra manera, mi Némesis informático, Don Martín Hagelstrom, cree que las consolas son los dispositivos por excelencia para la diversión y, aunque mi experiencia me dice que un buen hardware acompañado de un SO compatible es superior a cualquier cosa, él insiste en demostrar que, para jugar, es mejor una consola.
Se alargó el blog, pero no puedo irme sin hacer referencia a la frase de un conocido filósofo y ensayista español, Don José Ortega y Gasset (ése si deben conocerlo), quien dijo: “Dime cómo te diviertes y te diré quién eres”… Si usás una PC es porque tenés un buen hardware y un SO compatible con juegos que, en conjunto, vale más o menos lo mismo que una consola. Si usás una consola, no tenés un buen hardware o, lo que es peor, no disponés de un SO del todo compatible.

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