
El capitalismo nos persigue a donde vayamos, son víctimas de él todo aquel que ose llevar encima unos pesos para subsistir.
Recuerdo hace unos años un viaje a Misiones con mi familia y una excursión en particular. Luego del agotador y caluroso viaje (sospecho que la compañía de turismo nunca supo acerca de la gran invención del siglo: El aire acondicionado) bajé del micro pudiendo hacer apenas unos metros antes de que una marea humana, empapada ésta de sudor, arremetiera contra mí y las demás personas del contingente alzando los brazos y hablando todos al mismo tiempo.
No supe lo que querían hasta que un niño literalmente se colgó de mi brazo para alcanzar con su vocecita a mi oído, él dijo: “¡Señor! ¡Señor!... ¿Me compra una gorra?” y acercó a mi rostro un puñado de sus productos.
Ya el guía antes de llegar nos había advertido sobre lo molesto que podía llegar a ser ese “exceso de oferta” como él atinó a definir.
Esa noche, en el salón comedor del hotel, una señora que cenaba en nuestra mesa hizo referencia a la excursión a Ciudad del Este en Paraguay, dijo muy inocente: “Yo me compré un colador de salmuera para sacar aceitunas de un frasco, no sabía que existía eso, una maravilla”. “Lo que es la Ciencia” dije casi entre dientes para ironizar el comentario.
También está el subte, que en cada estación un vendedor sube con productos tan inútiles como sorprendentes, donde podemos encontrar excelentes e innovadores dispositivos de protección para identificaciones y cédulas personales, también llamados “portadocumento” o lapiceras con puntero laser y chocolates vencidos.
Quién no ha recibido un llamado de la compañía de teléfonos ofreciendo un plan especial por ser clientes selectos y cumplidores, esas son la clase de ofertas que no sirve rechazar porque al día siguiente llamarán de nuevo, y otra vez pasado otro día hasta que nuestra paciencia se enerva aceptando la propuesta o gritando a la operadora (hayamos o no accedido al mes siguiente se impone el gasto nuevo por “un error en el sistema”… me pregunto por qué el sistema nunca comete un error a favor del usuario).
Y cuando todo parece ser paz, a la noche en nuestras casas y frente a un monitor donde decidimos pasar un rato el tiempo leyendo en Internet datos curiosos como que la Luna es propiedad del pueblo chileno, es que se nos ocurre revisar la casilla de mail…
Y usted, amigo lector, pensará que ha sido una larga e innecesaria introducción para tocar el tema del correo Spam y, déjeme decirle… tiene razón… pero es que tal vez haya servido para ilustrar mi punto.
No hay leyes contra el Spam, no porque el problema esté relacionado a la tecnología, sino porque es una de las mil formas en las que se puede vender algo a alguien, no seamos caprichosos ni subjetivos en esto, nosotros elegimos esta forma de vida, hablo del capitalismo. Y más de uno ha intentado promocionar algo en su vida, no importa el medio.
Lo que realmente se discute aquí es el derecho cruzado, la clásica frase que nos repitieron los profesores de instrucción cívica en la secundaria: “Nuestros derechos terminan donde comienzan los de los demás”. Quiero decir, no es la molestia de leer un correo que refiere a un producto que no queremos comprar, sino el costo que nos genera el hacerlo (como por ejemplo el tiempo que demora en descargar el mail desde el servidor).
Aquí el Spamer tiene todo el derecho de hacer conocer sus ideas y sus productos, cualquiera sea el medio utilizado, en tanto y en cuanto NO viole los derechos de los demás. Claro que sí lo hace y entonces la disyuntiva surge… no debemos pensar en elaborar una ley para evitar que el comerciante se promocione (aún si existiera dicha ley es virtualmente imposible encontrar al remitente del correo), sí deberíamos acertar en un método que impida la llegada de ese mensaje al que consideramos inútil a nuestras casillas (para esto existen varios productos, a la venta y libres).
Bien, hasta aquí mi opinión… ahora debo irme, me voy de shopping.
