El arte, en todas sus formas, le cuesta al artista tiempo, dinero, trabajo y hasta creatividad.
El arte terminado, le cuesta al comprador, dinero, más dinero y muchísimo más dinero.
Pongámonos en la piel de, por ejemplo, Diego Torres, cantante argentino de gran monta que ha vendido millones de discos en el mundo. Ahora bien, este muchacho de linaje artístico ha logrado comprar los corazones de muchas mujeres y sus canciones pueden ser escuchadas en las radios de todo el país. Si hasta el mismísimo Papa Juan Pablo Segundo solicitó un show para oír su mayor éxito.
Por cada presentación, centenares de marcas se disputan la preciada posición de sponsor oficial pagando a la franquicia “Diego Torres” grandes montos de dinero.
Nadie niega que esta estrella tenga la plata suficiente para comprarse aquello que desee.
Ahora pongámonos en la piel de la niña admiradora, ésa que tuvo su primera vez mientras escuchaba “Color Esperanza”. Es una chica de clase media argentina, ha ido a todos los recitales, siempre que ha podido pagar la entrada, y está a punto de comprar el nuevo disco de Diego Torres.
Muy emocionada lleva sus veinte pesos para conseguir el original en la casa más conocida de ventas… el paraíso de la melodía, el MUNDO de la MÚSICA.
Camino al shopping, un muchacho tirado en el suelo y rodeado de CD’s pirateados, le ofrece a nuestra amiga el disco que está a punto de comprar original. Ella, indiferente y conciente de la ilegalidad del hecho, sigue caminando.
Llega entonces al mundo de la música, allí se dirige hasta la góndola que ostenta la silueta de Diego Torres en cartón.
Otro cartel aún más grande y sobre la góndola dice: “¡¡8% de descuento!!”
Toma ansiosa el CD y ve en la tapa a su amado artista, una etiqueta dice el precio: “$29,43”. Rápidamente saca cuentas, aún con el 8% de descuento le faltaría dinero, pero luego ve otra etiqueta debajo de la del precio donde se lee: “Precio original: $31,99” y es cuando se percata que el descuento ya está considerado.
Sale decepcionada, casi llorando, en el camino encuentra al mismo muchacho. Con timidez pregunta cuánto cuesta el último disco de Diego Torres, a lo que el pibe responde: “cinco pesitos señorita”, esta vez, compra el CD pirateado… llega a su casa y puede escucharlo.
Mientras esto ocurría, Diego Torres disfrutaba de un daiquiri doble en las playas de Miami.
Después están los apasionados del séptimo arte a los que les fascina ir al cine… ir al cine, ver las películas que se estrenan en cartelera y tratar de conseguirlas pirateadas, porque es imposible pagar 15 pesos para ver una película cuando hace algunos años bastaba con 3.
¿Por qué nadie se queja cuando alguien compra la réplica a bajo precio de un Monet o un Picasso?
Nuestra primera opción para todo es siempre adquirir lo original, pero cuando lo original pretende aprovecharse de nuestra billetera, no queda más que caer en la piratería.
¿Cuál es la solución? Cobrar por los productos el precio REAL de éstos y no los exorbitantes valores que intentan manejar las disquerías, distribuidores de software y franquicias de salas cinematográficas. Porque convengamos que a la disquería le sale centavos adquirir, estampar y grabar un CD, lo mismo con el software. Y el cine, ¡Por Dios! ¿Hicieron la cuenta de cuánto ganan por función? ¡Con solo el estreno de una película la sala amortiza el costo anual de mantenimiento del lugar!
La piratería lastima el arte con cada libro fotocopiado, pero la editorial asesina las ganas del comprador con los precios siderales.
"De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga." Woody Allen (1935-?) Actor, director y escritor estadounidense.


