miércoles, 7 de febrero de 2007

Piratería ilegal… Robo legal

















El arte, en todas sus formas, le cuesta al artista tiempo, dinero, trabajo y hasta creatividad.
El arte terminado, le cuesta al comprador, dinero, más dinero y muchísimo más dinero.
Pongámonos en la piel de, por ejemplo, Diego Torres, cantante argentino de gran monta que ha vendido millones de discos en el mundo. Ahora bien, este muchacho de linaje artístico ha logrado comprar los corazones de muchas mujeres y sus canciones pueden ser escuchadas en las radios de todo el país. Si hasta el mismísimo Papa Juan Pablo Segundo solicitó un show para oír su mayor éxito.
Por cada presentación, centenares de marcas se disputan la preciada posición de sponsor oficial pagando a la franquicia “Diego Torres” grandes montos de dinero.
Nadie niega que esta estrella tenga la plata suficiente para comprarse aquello que desee.
Ahora pongámonos en la piel de la niña admiradora, ésa que tuvo su primera vez mientras escuchaba “Color Esperanza”. Es una chica de clase media argentina, ha ido a todos los recitales, siempre que ha podido pagar la entrada, y está a punto de comprar el nuevo disco de Diego Torres.
Muy emocionada lleva sus veinte pesos para conseguir el original en la casa más conocida de ventas… el paraíso de la melodía, el MUNDO de la MÚSICA.
Camino al shopping, un muchacho tirado en el suelo y rodeado de CD’s pirateados, le ofrece a nuestra amiga el disco que está a punto de comprar original. Ella, indiferente y conciente de la ilegalidad del hecho, sigue caminando.
Llega entonces al mundo de la música, allí se dirige hasta la góndola que ostenta la silueta de Diego Torres en cartón.
Otro cartel aún más grande y sobre la góndola dice: “¡¡8% de descuento!!”
Toma ansiosa el CD y ve en la tapa a su amado artista, una etiqueta dice el precio: “$29,43”. Rápidamente saca cuentas, aún con el 8% de descuento le faltaría dinero, pero luego ve otra etiqueta debajo de la del precio donde se lee: “Precio original: $31,99” y es cuando se percata que el descuento ya está considerado.
Sale decepcionada, casi llorando, en el camino encuentra al mismo muchacho. Con timidez pregunta cuánto cuesta el último disco de Diego Torres, a lo que el pibe responde: “cinco pesitos señorita”, esta vez, compra el CD pirateado… llega a su casa y puede escucharlo.
Mientras esto ocurría, Diego Torres disfrutaba de un daiquiri doble en las playas de Miami.
Después están los apasionados del séptimo arte a los que les fascina ir al cine… ir al cine, ver las películas que se estrenan en cartelera y tratar de conseguirlas pirateadas, porque es imposible pagar 15 pesos para ver una película cuando hace algunos años bastaba con 3.
¿Por qué nadie se queja cuando alguien compra la réplica a bajo precio de un Monet o un Picasso?
Nuestra primera opción para todo es siempre adquirir lo original, pero cuando lo original pretende aprovecharse de nuestra billetera, no queda más que caer en la piratería.
¿Cuál es la solución? Cobrar por los productos el precio REAL de éstos y no los exorbitantes valores que intentan manejar las disquerías, distribuidores de software y franquicias de salas cinematográficas. Porque convengamos que a la disquería le sale centavos adquirir, estampar y grabar un CD, lo mismo con el software. Y el cine, ¡Por Dios! ¿Hicieron la cuenta de cuánto ganan por función? ¡Con solo el estreno de una película la sala amortiza el costo anual de mantenimiento del lugar!
La piratería lastima el arte con cada libro fotocopiado, pero la editorial asesina las ganas del comprador con los precios siderales.


"De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga." Woody Allen (1935-?) Actor, director y escritor estadounidense.

lunes, 5 de febrero de 2007

El que poco abarca, poco aprieta

Solía decir un tal Johann Christoph Friedrich von Schiller (Va un premio para quien sepa quién es): “La diversión es como un seguro, cuanto más viejo eres más te cuesta”. Hoy día se podría decir que la diversión es cara a cualquier edad y en cualquier género. Desde los exorbitantes precios de las entradas a los cines, teatros o espectáculos hasta un simple juego de mesa pasando por todas las gamas de herramientas para la diversión, están siendo víctimas de subas siderales en sus valores monetarios.
Antes era más fácil, si eras un ciudadano romano ibas gratis al coliseo, te descostillabas de risa mientras mataban a un pobre hombre en la arena y a manos de un león hambriento y, encima de todo, el mismísimo César te regalaba pan.
Pero tampoco hay que remontarse tanto en el tiempo para encontrar la diversión económica. Cuando chico solía jugar a las cartas… no, no hablo del solitario de Windows, “las cartas” también llamados “naipes” son unos cuadrados de cartón con símbolos y números impresos que sirven para la diversión… ¿A qué viene la aclaración? A la siempre presente tecnología que nos hace olvidar los orígenes de nuestra alegría más sana.
Tenía once o doce años cuando fui uno de los primeros (sino el primero) de los argentinos en disfrutar de una Sega Genesis… ¡Qué tiempos aquellos! Cuando la Family Game y sus 8 bits nos deslumbraba yo ya tenía 16 para alardear.
Esta modernísima consola de video juegos me la hubo traído mi madre de EEUU como compensación por haber aprobado todas las materias que me había llevado a marzo en el colegio primario (matemática, lengua, ciencias elementales básicas y estudios sociales… vaya si me la merecía).
Esta negra y bella amalgama de plásticos y transistores me dio las horas más felices de mi infancia, reemplazando con sus coloridos y ruidosos juegos al pobre Príncipe de Persia y sus monótonos sonidos.
Claro estaba que con el tiempo pasaría la moda, pero nadie quita que fui la envidia de mis compañeritos (y nuevos amigos interesados más en mi capital de diversión que en mi amistad).
Un día mi papá llegó a casa con una flamante Pentium 166 Mhz… y pronto cambié mi amor por juegos más modernos y vistosos.
Siendo que no conseguía un “cartucho” Duke Nuken para mi Sega, tuve a bien conseguirlo para mi PC. Así y de a poco la legendaria y, alguna vez, centro de mi atención consola pasó a llenarse de polvo mientras descansaba de mi anterior frenético uso.
Después aparecieron las Sony Playstation 1, modernísimas consolas que superaban en gráficos y velocidad a mi pasada de moda PC, entonces… y ya bastante grandecito para esto… le pedí al barbudo de navidad una de esas. En su lugar (vaya uno a saber porqué, quizás me porté demasiado bien ese año) conseguí una flamante Pentium II con todos los accesorios imaginados para la diversión, por lo que pronto olvidé a Sony y sus esfuerzos por sacarme una cosmica cantidad de dinero por su consola.
Para cuando salió la Playstation 2 debo admitir que fue una tentación adquirirla, sobretodo porque repentinamente se había convertido en moda tener una de esas. Pero, como mi papá siempre quiso estar en la vanguardia, me deslindó la tarea de jugar con una resplandeciente Pentium 4 que, en conjunto con una conexión de banda ancha, se convirtió rápidamente en mi herramienta de distracción y también de trabajo.
Sin embargo, aunque ajeno al bum, las consolas pasaban de ser una moda a un mercado.
Hoy día todas las marcas tienen su competidora, Sony lanzó la Playstation 3, Nintendo la Wii y hasta Microsoft la XBox 360.
En esta época de nuevas diversiones, pude comprar (ya no pidiendo sino sudando) una PC de última generación, que no solo me sirve para jugar a los más modernos juegos sino también me da la posibilidad de editar mis videos caseros, ver películas, escuchar música… en fin, toda la diversión en un reducido conjunto de componentes digitales.
Como no podía ser de otra manera, mi Némesis informático, Don Martín Hagelstrom, cree que las consolas son los dispositivos por excelencia para la diversión y, aunque mi experiencia me dice que un buen hardware acompañado de un SO compatible es superior a cualquier cosa, él insiste en demostrar que, para jugar, es mejor una consola.
Se alargó el blog, pero no puedo irme sin hacer referencia a la frase de un conocido filósofo y ensayista español, Don José Ortega y Gasset (ése si deben conocerlo), quien dijo: “Dime cómo te diviertes y te diré quién eres”… Si usás una PC es porque tenés un buen hardware y un SO compatible con juegos que, en conjunto, vale más o menos lo mismo que una consola. Si usás una consola, no tenés un buen hardware o, lo que es peor, no disponés de un SO del todo compatible.